lunes, 5 de mayo de 2008

Cibercultura y creatividad.2



La historia de las transformaciones productivas del arte llegó a ser compulsiva para la actividad de una filosofía estética atenta a los cambios. Fue lo que se denominó Estética ‘desde abajo’, para diferenciarla de las Estéticas metafísicas (‘desde arriba’: las que no consideran los hechos artísticos mismos para construir los sistemas). Me refiero a que el pensamiento estético tuvo que dirigir su mirada reflexiva a lo que estaba sucediendo en los territorios fácticos, los de la creación en gerundio, los del haciéndose. Esta intención, asimismo, fue motivadora de la corriente de filosofía fenomenológica. Desde Husserl y Merleau-Ponty, su lema fue: ‘a las cosas mismas’ (muy ‘trajinado’ hoy, es cierto, pero no por eso ilegítimo). Aun en territorios de mayor grado especulativo, como la epistemología, encontramos reclamos por la falta de arraigo de las reflexiones. Por ejemplo, W. Van Orman Quine, (La naturalización de la epistemología. 1969 ), se queja por el carácter especulativo de una cierta epistemología y aboga por una relación más estrecha con la ciencia en sus concreciones.

Las producciones digitales de intención artística, así como los diversos ‘objetos’ propios de la Cibercultura, en su soporte distintivo de circulación (la Red), configuran un universo que se extiende de manera diferenciada sobre lo tecnológico-mediático-comunicativo-semiótico-filosófico-estético–ético-social.
Esa enumeración de ‘caladuras’ posibles configura el amplio dominio de la Cibercultura. Su común denominador es el medio de los ordenadores y su interconexión en Red.

Semejante universo bullente y actuante exige, entre otras, la reflexión filosófica ‘desde abajo’, comprometida ‘con las cosas mismas’. ¿Por qué tratar temas de la filosofía desde la plataforma de las teconologías de la información? Al menos por dos razones diferentes:
a) Existe ante todo, una razón de hecho: su mera aparición histórica, hace necesario re-plantear conceptos y adaptarlos para el sistema de la Cibercultura, en lugar de insistir en colocar los nuevos mundos en el lecho de Procusto de los viejos conceptos;
b) Lo segundo, es una razón de derecho: porque la noción de el ser, desde una perspectiva filosófica actual, contemporánea, no se sustenta ya como la idea de un Ser absoluto. El ser es ampliamente admitido como ‘ser débil’ ; se aproxima, entonces, al concepto amplio de ‘virtualización’, noción ésta que se encuentra distante de lo esencial, absoluto, sólido.

En ese núcleo ha de instalarse la pregunta de reflexión filosófica. No se trata de la edificación, menos aún, de la reiteración de un sistema metafísico. En cambio, la cuestión es buscar en el interior de tales fenómenos (el mundo de los objetos digitales), los rasgos de los procesos, ideas y conceptos, en su esqueleto filosófico específico (más allá, o más acá, de sus cualidades tecnológicas, rasgos de comunicación, mediáticos, éticos…). El asunto es indagar los modos filosóficos del ser-digital, en una aproximación a la vez más abstracta (porque se trata de pensamiento filosófico) y más particular (porque está engranado en los fenómenos mismos).

Un tema de interés para la reflexión es el de las relaciones entre Cibercultura y creatividad. La creatividad, a su vez, fue asociada con la emergencia de propiedades, la novedad. Tal vez la cualidad principal de estas novedades (respecto de fenómenos de la cultura pre-digital) esté centrada en el proceso, en el tipo de operatividad, en la fluencia de los modos de asociación.
Pero ¿es explicable la creatividad o alcanza a ser solamente detectable y descriptible?

El filósofo Mario Bunge (Emergencia y convergencia. Novedad cualitativa y unidad del conocimiento) señala reiteradamente que las emergencias están relacionadas con los sistemas, que la realidad es en sí misma un sistema (el sistema de todos los sistemas); y que las ideas mismas forman sistemas ‘haces’, según la traducción. No existen ideas ‘solitarias’. Bien, no otra cosa es la Red, un sistema de sistemas, un haz de ideas cuyos nexos no están prefijados ni predeterminados. La creatividad, entonces, madura en el interior mismo de esta interconexión. Bunge distingue entre agregados y sistemas. Los sistemas son cohesivos, pero sobre todo generan emergencias. Allí mismo radica la creatividad. Y el hecho que no pueda explicarse la creatividad en sí misma, vale decir, que no pueda explicarse enteramente un nivel superior a partir de uno inferior (el modo como se generan unidades complejas a partir del enlace de unidades simples), el hecho que las emergencias muchas veces sean comprendidas parcialmente, no invalida las emergencias como tales.

En sus palabras: De manera nada sorprendente, cualquier explicación de la emergencia de novedades cualitativas requiere de nuevas ideas. Además, aun explicada, la emergencia sigue siendo emergencia, vale decir, novedad, fenómeno creativo. Sólo desde la idea de sistema (también: estructura, organismo) es posible asumir realmente las novedades. Porque los sistemas poseen propiedades que no tienen por separado sus componentes, vale decir: son testimonio de creatividad.

Ante este orden de reflexión crítica, la posición de los defensores respectivos de los extremos polares en que sigue debatiéndose el pensamiento de la Cibercultura, los apocalípticos y los integrados, se reviste nuevamente de una conocida inercia. Pero el pensamiento es opuesto a la inercia, la crítica es opuesta a la inercia, la creatividad, en suma, es opuesta a la inercia. En las acciones de los múltiples usuarios se nutre esa idea, son los usuarios quienes, en buenas cuentas, tejen creativamente la Red.


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